Joseph Lancaster nació el 25 de noviembre de 1778 en Londres.
A Lancaster le tocó vivir en la Inglaterra en vías de industrialización, en donde había una fuerte masa inculta y sin posibilidad alguna de alcanzar algún tipo mínimo de educación.
El padre de Lancaster era un artesano que nunca logró tener una situación económica estable, lo que impulsó al hijo a interesarse por la educación como una forma de obtener un mejor lugar en la lucha por la vida.
A los 19 años, el 1º de enero de 1778, abrió en Londres una escuela para niños desvalidos, en el barrio Southwark, el más pobre de la ciudad y anuncia que enseñará a leer, a contar y a escribir por la mitad del precio que cobraban las otras escuelas. Pero ni aún así tuvo suficientes alumnos como para solventar los gastos. Decidió bajar los costos eliminando los insumos más onerosos: cambió el papel por arena; las plumas por los dedos de los alumnos o simplemente con un palillo, ellos escribían en la mesa de arena; sustituye a varios maestros por uno solo, empleando a alumnos monitores.
En 1800 el método daba que hablar en todo Londres, y Lancaster decidió hablar con los notables de Londres a fin de obtener ayuda y poder dar enseñanza gratuita a los pobres.
El joven educador logró atraer la atención de dos benefactores de la nobleza, Lord Sommerville y del Duque de Bedford, quienes apoyan económicamente a una naciente Sociedad para la Educación de los Niños Pobres.
Lancaster era miembro de la Sociedad de Amigos, nombre original de los Cuáqueros, un grupo protestante. -Vale recordar al lector que en el siglo XVIII la educación inglesa consistía en instituciones privadas de larga data que atendían a los más privilegiados, a los que se daba una educación de alta calidad. Algunos ciudadanos privados ofrecían también cursos para los alumnos que pudiesen pagar. Sin embargo, la educación primaria estatal era deprimente en medios y recursos. Recuerde el lector los personajes de esa época que aparecen en los libros de Charles Dickens, que asisten a las paupérrimas escuelas del Londres del siglo XVIII-
Escribió The British System of Education (1812) y Epitome of the Chief Events and Transactions of my own life (1833).
A diferencia del pensamiento católico, los protestantes pensaban que era necesario que el pueblo conociera y leyera la Biblia en su propio idioma y para esa actividad religiosa, que se hacía diariamente en familia, era preciso educar, al menos en las primeras letras.
Por eso no debe extrañarnos la asociación que se daba entre los cuáqueros educadores y su rol de vendedores o distribuidores de Biblia, situación que como veremos, produciría como efecto perverso el rechazo a la difusión del método en algunos lugares en que predominaba el credo católico.
Se ha dicho que Lancaster se inspiró –e incluso copió- a otro inglés, Andrew Melville Bell (1753-1832) su método, pero si bien ambos se conocieron al parecer no hubo gran influencia de Bell en la enseñanza mutua tal como la entendía y desarrolló el primero.
Como dijimos, cuando Lancaster fundó una escuela en el barrio Southwark, allí echó las bases de su método, que consistía en que los alumnos más aventajados enseñaran a sus compañeros. Como premio o estímulos para esos monitores, se encontraban en la sala algunos juguetes que podrían ganar con su labor de ayuda.
Aún cuando parezca increíble, en esa escuela se educaron simultáneamente hasta 1000 niños pobres, multiplicando muchas veces el alcance de los pocos maestros que trabajaban en la escuela.
Una particularidad es que Lancaster era un hombre de ideas amplias y aceptaba alumnos de cualquier religión. Una asociación benéfica, la British and Foreing Society le apoyó económicamente y así se fundaron 95 escuelas que atendían a más de 30 mil alumnos.
En 1801, Lancaster ya había configurado totalmente su método, el que constituía un sistema en marcha, con resultados probados. Lamentablemente, el éxito abandonó a Lancaster cuando pretendió llevar el método, que tanta fama le había dado, a la educación secundaria y fracasó, lo que le obligó a la quiebra.
Lancaster era un hombre dotado de gran energía y constancia, así como poseía una fe a toda prueba, de modo que sin dejarse llevar por las lamentaciones, abandona Inglaterra para radicarse en los Estados Unidos en 1818, donde es bien recibido por el gobierno, el cual tenía el mismo problema que se daba en todos los países de América: ¿De donde sacar tantos maestros como requerían las naciones que veían en la educación una forma nueva de libertad?
El gobierno, entonces, adopta el método y se crearon escuelas en Nueva York, en Boston, Filadelfia y se programa la fundación de muchas más.
El Congreso de ese país emitió un Decreto para agradecer los servicios del educador inglés.
Lancaster y América latina
Escuchemos la versión que nos ha dejado Andrés Bello del contacto inicial entre Simón Bolívar y Lancaster en la casa de Francisco Miranda en Londres, en 1810:
"En 1810 Bolívar estuvo en Londres, vio a Joseph Lancaster y visitó su escuela, prometiendo el envío de dos jóvenes de Caracas para que aprendieran el sistema bajo la tutela directa de su fundador”.
Bolívar tenía igual preocupación por la educación que otros próceres de los nacientes países, por que podemos decir y como demostraremos, que la enseñanza era un problema común y de extraordinaria importancia para ellos.
Pasaron largos años, hasta que el 6 de marzo de 1823 escribe una carta a Simón Bolívar proponiéndole implementar su método en Latinoamérica, a lo que el Libertador accede, iniciando una larga amistad basada en el mutuo respeto y en el verdadero interés por la educación de los países que estaban en pleno proceso de modelar su estructura republicana.
En 1824, mediante una invitación que se le formulara la Municipalidad, Lancaster viajó a Caracas por mediación de Bolívar, quien en esa fecha estaba atareado resolviendo los problemas del Perú. Lancaster observó con gran sorpresa e interés que en la Constitución de 1821 de Colombia se consagraba el uso en las escuelas del Estado del llamado método de enseñanza mutua o sistema de Lancaster. Este hecho le pareció providencial.
No era un desconocido en Sudamérica y consideró que el destino lo había traído hasta aquí para enseñar su método en una escala que él mismo no esperaba llegar a ver.
Ese mismo año se fundó la Escuela de Enseñanza Mutua, bajo la dirección del propio inventor del método. Ese año fue provechoso para Lancaster, pues vio impreso el Manual del Sistema de Enseñanza Mutua aplicado a las escuelas primarias de los niños, escrito para divulgar su pedagogía entre los docentes colombianos que solicitaban mayor información sobre esa novedad pedagógica.
Un ejemplar del Manual llegaría a Santiago de Chile con Camilo Henríquez.
Bolívar nunca olvidó a Lancaster ni dejó de alabar el método que había visto rendir sus frutos en Londres.
En una misiva, el Libertador escribe a Lancaster, el 16 de marzo de 1825:
“(...) Vd. parece que ha menester de protección para realizar sus designios benéficos, por tanto me adelanto a ofrecer a Vd. veinte mil duros para que sean empleados a favor de la instrucción de los hijos de Caracas.”
En carta del 7 de abril de 1826, fechada en Lima, le dice al gran educador:
“Al llegar a esta capital tuve la satisfacción de recibir dos cartas de Vd. De los meses de junio y agosto próximos pasados. En ellas me ha sido muy agradable observar que el interés que Vd. Toma en la educación de la juventud de Colombia se aumenta cada día más, y he visto con infinito placer las proposiciones que Vd. tiene la bondad de hacerme para adelantar los establecimientos de mutua enseñanza que tanto honran al genio de Vd.”
Bolívar, pese a su ingente obra de militar y político que ocupaba casi todo su tiempo, tuvo algunos momentos para reflexionar sobre la educación de nuestra América y nos ha dejado una cita en que Bolívar define a su ideal de maestro:
“El hombre generoso y amante de la patria, que sacrificando su reposo y su libertad, se consagra al generoso ejercicio de crearle al estado ciudadanos que lo defiendan, lo ilustren, lo santifiquen, lo ennoblezcan y le engendren otros tan dignos como el ser ciudadano benemérito de la patria: busca la veneración del pueblo y el aprecio del gobierno. Este debe alentarle y concederle distinciones honrosas”.
Pero El Libertador, llevado por sus ideas modernizadoras, hace un alcance a este ideal:
“Claro que no hablo de los que llaman maestros de escuela, es decir, de aquellos hombres comunes, que armados del azote, de un ceño tétrico y de unas perfectas declamaciones, ofrecen más bien la imagen de Plutón que las de un filósofo benigno. Aquí se enseñan más preocupaciones que verdades; es la escuela de los espíritus serviles, donde el miedo no permite al corazón el goce de otras sensaciones”
Quisiera pensar que las conversaciones con Lancaster influyeron en la percepción moderna que tenía Bolívar sobre la educación que precisaba la América hispana.
La única dificultad seria que vivió Lancaster en hispano América se debió a la exigencia de la Municipalidad de Caracas de incluir en las escuelas de enseñanza mutua la fe católica, que el pedagogo como buen cuáquero se negó a cumplir, originándose una confrontación tanto con la Iglesia Católica como con las autoridades edilicias.
Los cuáqueros constituyen una denominación fundada en Inglaterra por Jorge Fox (1624-1691) más o menos en el año 1643, y su fe es simple, se basa en el pacifismo, la lectura bíblica y la oración en silencio. La historia dice que cuando Fox fue llevado a un tribunal por sus creencias, le habría dicho al juez “Quake”, es decir, tiembla ante la Palabra de Dios.
Para la fe cuáquera, estaba prohibido el maltrato de los menores, a diferencia de la secular costumbre en Hispanoamérica de aplicar el castigo físico a los alumnos, lo que ahondaba las suspicacias en contra del método, que se consideraba muy cercano a la línea protestante en lo religioso y por la lectura pública y privada de la Biblia. Siglos de adoctrinamiento católico no podían menos de dejar huellas en el sentimiento nacional.
Entre las ideas no cumplidas de Lancaster estaba su deseo de crear en Colombia un Jardín Botánico, un laboratorio de ciencias físicas y una biblioteca, anexa a una imprenta para editar textos escolares, pero las penurias del gobierno local le impidieron concretar sus anhelos, lo que si se hubiese hecho, habría permitido un enorme avance en la calidad de la enseñanza. Pero la penosa situación de las arcas fiscales y la desconfianza en la motivación personal de Lancaster por ser extranjero y el profesar una religión distinta a la católica, dejaron para más adelante cumplir con esa necesidad cultural y pedagógica.
Toda la fe que había puesto Lancaster en su proyecto americano se derrumbaba, así que cuando Bolívar regresó a Caracas en enero de 1827, en lugar de encontrar un sistema educacional en plena marcha, se encontró con uno que tambaleaba por falta de recursos. Lancaster estaba enfermo y le manifestó a Bolívar su deseo de regresar a los Estados Unidos, donde podía practicar su fe y continuar con su proyecto.
Por lo demás el idioma inglés y su religión le harían más posible exponer y mantener activos sus proyectos, a diferencia de la América hispana, con sus penurias y veleidades religiosas, políticas y personales. Ya había estado muchos años alejado de su patria y al menos en Estados Unidos se sentiría más como en casa, la Inglaterra de donde partiera quebrado económicamente en el año 1824.
El espíritu aventurero de los ingleses del siglo XVIII latía en las venas de Lancaster, de modo que dos años después de su vuelta a los Estados Unidos decide probar fortuna en Canadá. Tenía ya 51 años, que era una edad mayor en aquellos años y nuevamente fracasa en extender su método a todo ese enorme país. Encamina sus pasos de regreso a Nueva York, donde el 24 de octubre de 1938, a los 60 años, fallece a consecuencias de ser atropellado por un carruaje.
Su obra, sin embargo, ha sido de enorme magnitud y su método empleado en Colombia, Chile, Perú, Brasil, Estados Unidos, México, –donde perduró hasta el siglo XIX- en Uruguay, Rusia y Ecuador.
He considerado interesante hacer notar que mi hipótesis de que el sistema lancasteriano serviría para formar y completar los cuadros del Ejército nacional de la época, se ve refrendada por un documento del ejército español titulado “Instrucción de adultos en el Ejército” en el cual se indica a la letra:
“El primer intento constatado de alfabetización en el Ejército tuvo lugar en el reinado de Fernando VII, durante el Trienio Liberal. Primero en 1821 y después en 1822, las Cortes decretaron la creación de escuelas lancasterianas, también conocidas como escuelas de enseñanza mutua. Su nombre procedía del de su inventor, el pedagogo inglés Joseph Lancaster; aunque, en realidad, el método de enseñanza en ellas empleado lo había experimentado en la India el también británico Andrew Bell, en un centro educativo para hijos de soldados del Reino Unido. Las escuelas lancasterianas —monitoring schools, es decir, escuelas de monitores en castellano— fueron copiadas en otros países y su éxito no pasó desapercibido en España. En 1815, se encargó el estudio del nuevo sistema pedagógico de Lancaster al oficial de origen irlandés Juan Kearney, quien fue el director de una escuela experimental de enseñanza mutua establecida en Madrid. Ésta se convirtió en 1819 en un centro oficial con el nombre de Escuela Central y sirvió de modelo a las que se crearon posteriormente. Para aplicar el método de Lancaster en el Ejército, las Cortes del Trienio Liberal ordenaron la creación, en primer lugar, de unas escuelas para la enseñanza del método a los futuros profesores. Estos centros se establecerían en las capitales de los distritos militares y a ellas acudirían un oficial subalterno, un sargento y dos cabos de cada cuerpo. Las escuelas de enseñanza mutua propiamente dichas debían empezar a funcionar el 1 de enero de 1823 y en ellas los soldados aprenderían a leer, escribir y contar. El fin del Trienio ese mismo año abortó este intento de escolarización en gran escala y sólo funcionaron las de algunos regimientos”.
Con lo anterior, se constata la adopción del sistema de Lancaster también en España a la misma fecha más o menos que en Chile, si bien solamente estuvo vigente por pocos años en la península.
De la experiencia con el método de enseñanza mutua se ha conservado una muy buena reseña del profesor Orestes Araujo (1911), quien señala que el profesor Diego Thompson, por encontrase en Buenos Aires no podía ayudar al gobierno en la aplicación de las ideas pedagógicas de Lancaster, y nos proporciona el libro de Araujo titulado Historia de la escuela Uruguaya algunos datos que desconocíamos.
En sesión del Cabildo del 8 de septiembre de 1820 se discute la conveniencia de implementar el método puesto que “según la experiencia europea, en ocho meses un niño podría aprender a leer, escribir y contar”. En la experiencia de la América hispana se requerían dos años. El ahorro en tiempo parecería favorable al proyecto de educación masiva que requerían todos y cada uno de nuestros países.
Como esperaban tener tan buenos resultados, el Cabildo se puso a la búsqueda de un local que pudiese atender a mil niños y lo encontró en el Fuerte del Gobierno, donde –relata Araujo- se habilitó el costado Este, con una puerta independiente para la entrada de los niños. Faltaba solamente el maestro y lo encontraron en 1821 en la persona del docente español don José Catalá y Colina.
Catalá puso las condiciones del ingreso de los niños: edad mínima seis años y las clases se dictarían de 7 a 10 y en la tarde de 16 a 17 horas, en verano. En el invierno ese horario sería de 8 a 11 y de 14 a 17:30 horas.
La educación sería gratuita para los pobres y los ricos pagarían 6 reales al mes. Estableció el educador que estarían prohibidos los castigos corporales o afrentosos. Catalá continuó hasta el año 1840 al frente del proyecto, que cumplió sus objetivos sin queja alguna de las autoridades. Es notorio que durante muchos años el único texto de pedagogía conocido en Uruguay fue una traducción del Tratado de Enseñanza Lancasteriana, traducido de la versión inglesa, obra que se distribuiría entre los educadores del continente.
En el Uruguay la llamada época Lancasteriana se extiende desde 1821 hasta 1868.
El método de enseñanza mutua fue bien recibido en América de habla hispana, pero sus preconizadores eran vistos con desconfianza, toda vez que eran a la vez divulgadores de la Biblia, lo cual estaba prohibido por la Santa Sede que condenaba la traducción de ésta a los idiomas vernáculos.
El Papa Gregorio XVI condenó en 1844 a las Sociedades Bíblicas por considerar que animaban a fieles e infieles a leer el libro sagrado sin ninguna guía espiritual. Posteriormente, el Papa Pío IX emite la encíclica Qui pluribus en el año 1846 y en lenguaje especialmente agresivo, ataca a esas sociedades por considerarlas muy astutas y porque rechaza “.. las horribles infecciones de todos aquellos volúmenes y opúsculos que llegan de todas partes y enseñan a pecar...; contra las doctrinas pestilentes, el montón de errores...la desenfrenada libertad de pensar, de hablar, de escribir...y contra las perversas enseñanzas, sobre todo de filosofía, que engañan y corrompen miserablemente a la juventud, suministrándoles hiel de dragón en el cáliz de Babilonia” (citado por Alighiero ,1992, tomo 1: 458).
El mismo Papa, en 1849 renueva su ataque contra las Sociedades Bíblicas y solicita que el clero vele en las escuelas tanto públicas como privadas para que la enseñanza esté conforme con la doctrina católica.
La iglesia no veía con agrado a los divulgadores de la didáctica de Lancaster por esa razón y no por el método en sí y porque además los protestantes estaban invadiendo un área de la sociedad que había sido un monopolio de ella. Era predecible que surgieran problemas que subterráneamente impidieron la mayor divulgación de la nueva enseñanza en el continente y que apagarían la dinámica del método en la América hispana.
Este hombre de Dios y gran educador falleció el 24 de octubre de 1838 en Nueva York.
- Daniel E. Dañeiluk. www.biografas.blogspot.com
Aporte de Carolina García ¡Gracias Caro!.
Fuentes: Love to Know, Filosofía de la Educación